La Guerra de Tulipanes

La ascensión de Reuel Osier

La presencia de la feroz Fauce creó ansias y emoción entre los espectadores. ¡Tan gran campeón de las artes de combate, aquí! El pueblo seguramente enloquecería al ver las impresionantes habilidades de tal heróica figura. Sin duda ese era el plan de Lord Osier.

¿O lo era?

Mis queridos amigos, la sorpresa es que ¡no! Lord Osier no tenía pensado que Théodore Leroy hubiese llegado. Fue tanta sorpresa para él como para el pueblo. Pero entonces, ¿quién había invitado a la Fauce?

No, no, no hay necesidad de discutir. Pues, mis señores, yo mismo he descubierto la verdad sobre este tan insidioso misterio.

Todo tiene que ver con los hijos Osier. Armand, Aurélien, y Reuel. Armand, el primogénito, el guerrero, el fuerte, el arrogante, el déspota, y el heredero. Aurélien, el bastardo, el hijo de una mujer común, el despreciado, el zorro, el astuto, y el segundo. Y finalmente, Reuel, el joven, el niño, el noble, el audaz, el despreciado. Los tres hijos detrás del trono de su padre, cuando sólo uno podría realmente tenerlo.

Y que uno deparaba el destino, ¿no?

Sin saberlo, fue el descubrimiento de la señorita Cendre lo que trajo todo a la luz. Durante las justas, Aurélien llamó a varios nobles, entre ellos a la dama Cendre, y les reveló el plan de Lord Osier: ¡rebelarse! No sólo contra la Corona, no, sino que también contra las fundaciones del Reino mismo. Lord Osier tramaba una revuelta en contra de la dinastía Laurent, clamando que las planicies de Tulipe eran suficientemente fuertes como para poder derrotar a las acumuladas fuerzas de los Tres Picos. Pero Aurélien era leal, o eso decía. Tomaría posesión de Théodore Leroy, provocando que su padre trajera en furia al ejército real, para apresar a Lord Osier por traición, el cual sería entregado por el leal Aurélien. La Corona sin duda lo recompensaría.

“Síganme a mí, al despojar a mi padre de sus títulos. Yo, como Lord Osier, nos llevaré a la gloria.”, dijo él.

El joven Oro Bonneau sacudió la cabeza. “Armand es el heredero, no tú, Aurélien.”

Osier sonrió. “No hay necesidad de tomar a mi hermano en cuenta. Yo me encargaré de él. Pero ese no es el punto. ¡No podemos dejar que mi padre cometa tal traición, mis señores!”, exclamó, viendo a los reunidos con gran espíritu.

“¡Tonterías!”, replicó Lord Nigel Belcourt, poniéndose de pie de un salto. “¡Nuestra lealtad es a tu padre, y le seguiremos sin pensarlo!”

Lord Maximin Piché desenvainó su espada, la famosa arma de su familia, Taldear. La alzó erecta sobre su cabeza, gritando. “¡Viva el Rey en Exilio! ¡Viva Baldwin! ¡Abajo con el Tirano de Pétalos, abajo con el Títere!”

A su voz se sumó Lord Wilson Lacoursiere, tomando su gran hacha en sus manos, y elevándola sobre su cabeza. “¡Viva el Rey en Exilio!”

Furioso, Lord Domengo Sant saltó sobre la mesa, y despojándose de uno de sus guantes, lo arrojó a Piché. “¡Traidor! No dejaré que insultes al verdadero Rey, Jean-Luc hijo de Gerard. Toma tu espada, y clávala en tu vientre, si no quieres ser humillado por un verdadero sirviente de Tulipe.”

Piché no dudó un segundo, y acompañó a Sant en la mesa. Espada en mano, comenzó a atacar a su rival. Un golpe, dos golpes, rebotados por el acero de Sant. Una ráfaga de cortes aparecieron, ferozmente bloqueados por la virtud de Piché.

“¡Basta!” resonó una voz, y ninguno de los presentes fue capaz de no prestar atención. Las miradas se dirigieron a la fuente de la voz, nada más y nada menos que la dama Kyrie Cendre. Los señores la veían sorprendidos, y algunos indignados. ¿Como se atrevía ella, una mujer, a interrumpir los negocios de los hombres? Pero la imperiosa voz de la dama continuó.

“Todos servimos a Tulipe, no los intereses personales. Le debemos lealtad al Rey Jean-Luc, hijo de Gerard. ¡No deberíamos perder tiempo en infantiles combates!”

“Cendre,”, comenzó Piché, “no deberías -”

“No he terminado de hablar, Piché. Cierra la boca, guarda tu espada, y toma tu asiento. La hora de los niños ha terminado. Ahora hablarán los adultos.”

Anonadado, Piché obedeció. La dama vió a Sant, ancestral aliado de los Cendre, y con una mirada, dictó volumenes. Lord Sant hizo callar su arma, y tomó asiento. La dama Cendre se puso de pie, y tomó unos segundos para ver a los nobles reunidos.

“Me decepcionan, mis señores. Incluso yo, a mi corta edad, puedo ver los hechos tan claros como son. Lord Osier quiere ir en contra de los Laurent. ¡Traición, sin duda! Pero misma traición es seguir a Baldwin. Traición no sólo al Reino, ¡pero a los mismos Dioses! ¿Qué no escucharon al Hierofante Artoise? El Juez mismo ha declarado que Su Majestad Jean-Luc es elegido para dirigir a Tulipe. ¿Quienes somos nosotros, meros mortales, de ir en contra de la voluntad del Amo de los Solsticios? No, mis señores, dejen de lado sus ambiciones y los cuentos de heroismo. Debemos ver por el Reino. Y el Reino aclama a Jean-Luc.”

Los señores guardaron silencio, apenados y humillados por las palabras de una tan bella y joven mujer, enseñándoles lo que ellos mismos deberían saber. La reunión de conspiradores terminó ahí mismo, ninguno capaz de acumular palabra después de la dama Cendre. Los líderes de las Casas se retiraron, cada uno meditando sobre lo sucedido.

Por otra parte, el joven Reuel Osier buscó durante la noche a la hija de Naïlo, Anastrianna, espía al servicio de la Casa Cendre. Se escabulló bajo el manto de la oscuridad, y con sigilo, se acercó a la tienda de la elfa.

“Bella dama, hija de los bosques” murmuró él, su voz trastornada por la preocupación. “Dime, ¿estás ahí?”

Anastrianna titubeó, pero respondió sin salir de la tienda. “Aquí estoy, Reuel Osier.”

El joven vió la silueta de aquella elfa, y su corazón se aceleró. “Mi querida Anastrianna, me pesa no poder verte, más es peligroso a tu virtud que entre. Pero debo decirte algo. ¡No acompañes mañana a tu señora a la audiencia con mi padre!”

Ella se quedó en silencio, pero logró murmurar. “Reuel, ¿por qué razón dices esto?”

“No puedo revelarlo, más te aseguro que ella estará a salvo, si sus lealtades se encuentran donde deben estar. ¡Hasta luego!”, dijo, y tan rápido como vino, se fue, dejando a una muy perpleja elfa.

El día amaneció nublado, como si el cielo mismo estuviese conteniendo la respiración. La última justa del torneo, Armand Osier contra la Fauce, se llevaría a cabo. Los señores veían el combate con emoción mezclada con anticipación. Al terminar el torneo, Lord Osier habría de hablar con ellos. ¿Qué sucedería?

Cinco veces cinco ambos contendientes cabalgaron en contra, y cinco veces cinco se mantuvieron en sus monturas. Se decidió que el victor no sería encontrado por lanzas, sino por la habilidad cuerpo a cuerpo. Ambos desmontaron, y se acercaron.

Con la gracia de la garza, Armand Osier bailaba los ataques de la Fauce. Pero con la ferocidad del león Théodore Leroy proseguía la cruel canción de su arma. Una y otra vez azotaba en contra del escudo de Armand, quién resistía y se posicionaba para asestar una terrible estocada. Pero Leroy no era un novato, y jamás se ponía en posición para estar en riesgo. Los minutos transcurrían, y el sudor corría por la frente de ambos guerreros. Fellvast sin duda estaría orgulloso de tal combate. Oh, la tragedía habría de manchar este combate.

De un momento a otro, una furia sin control invadió a la Fauce, furia provocada por vil hechizería. ¡Es cierto, amigos! Yo mismo lo ví con mis propios ojos. A la sombra del palco de los Osier, una figura irreconocible vertía innombrables ingredientes a un caldero, y juro que un mechón de pelo de Théodore Leroy se unía a la horrible mezcla. En un santiamén, la fuerza de quince toros se sumó a la de la Fauce, la agilidad de doscientos felinos hicieron sufusión a sus músculos, y la fortaleza de novecientos osos revistieron su cuerpo. Sólo un golpe fue necesario para destruir el escudo de Armand Osier, y dejarlo aturdido. El demonio que poseía a la Fauce lo tomó del cuello, y brutalmente clavó la enorme hacha de guerra al costado del primogénito de los Osier. Una y otra vez, como un cruel leñador, atajó en contra de Armand. Enterrada el hacha, la Fauce pateó el cuerpo de su enemigo, desgarrando por completo lo que quedaba de su torso.

Los gritos de la Dama Osier inundaron el área, y la furia de Lord Osier resonó por todos lados. Théodore Leroy, evidentemente liberado por la inmunda presencia, fue arrestado. Lord Osier llamó a sus vasallos, y todos reunidos, exclamó.

“¡Crímen! ¡Inmundo crímen! Leroy ha ido muy lejos. ¡Venganza por mi hijo! ¡Muerte a los Leroy! ¡Muerte a los Laurent!”

De nueva cuenta, Piché y Lacoursiere se levantaron, y esta vez desafiaron a su señor. “¡Viva el Rey en Exilio!”

Lord Roland Miulle y Lord Mikayil Remillard a su vez se pusieron de pie, “¡Traidores! ¡Larga vida a Jean-Luc!”

Pero Lord Osier exclamó, “¡Asesinos ambos! ¡Muerte a los Laurent! ¡Es la era de una nueva dinastía!”

La fuerza de su furia era tal que sin duda los señores vacilaron en su lealtad hacia la Corona, tal vez dejándose llevar por la causa de justicia. Pero esto no sería así. A los minutos, irrumpió Reuel Osier, seguido por treinta hombres portando el símbolo del Caballo y la Corona.

“¡No, Padre!”, exclamó el muchacho, “¡no dejaré que manches el honor de nuestra Casa con traición!”

“¡Niño insolente! ¿¡Qué signigica ésto!? ¡¿Acaso traicionas a tu propia sangre?!”, gritó Lord Osier, sudando profusamente.

“Dejaste de ser mi padre en el momento en que te atreviste a ir en contra del Rey y del Juez. Por el nombre de Su Majestad Jean-Luc Laurent I, la autoridad de Lord Lenard Leroy, y la bendición de Su Eminencia Alphonse Artoise, declaro a Franklin Osier, y su hijo, Aurélien Osier, como conspiradores en contra de la Real Corona de Tulipe. Y a mí, Reuel Osier, como el legítimo jefe de la Casa Osier.”

“¿Qué?”, exclamó Aurélien, mientras era tomado por los guardias reales. “¿Cómo te atreves, hermano?”

“Calla, traidor. Sé lo que planeabas. ¡Llévenlo al Nido!”, exclamó Reuel.

Pero Miulle exclamó. “¡Mi señor Osier!”, dijo, apuntando a Piché y a Lacoursiere. “¡Estos hombres apoyan al traidor Baldwin!”

“¡Y este apoyaría a su padre en contra de la Corona!”, agregó Lord Julian Faye.

“¡Arréstenlos también!”, dijo Reuel, ahora Lord Osier. Éste volteó a ver al resto de los nobles. “Señores y dama, aquí mismo, ¡juren su apoyo al Rey Jean-Luc!”

Y al unísono, todos se hincaron, y proclamaron en una sola voz.

“¡Lealtad al Rey Jean-Luc Laurent!”

Comments

Wow! todo pasa a gran velocidad… yo esperaba que Cedre estuviera a favor del Rey en el Exilio

La ascensión de Reuel Osier
richterbrahe

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