La Guerra de Tulipanes

Palabras de Plata

Trenchard se une a la guerra

El bardo toma un vaso con agua, y bebe efusivamente de él. Con un vocal suspiro de satisfacción, pone el vaso de nuevo en la pequeña mesa.

Venga, venga, beban, amigos! Nuestra historia comienza a tomar vuelo. Teníamos, entonces, a Kyrie Cendre viajando a las tierras de Lord Trenchard, tierras benditas por riquezas y abundancia. Sin duda, nuestra querida dama – acompañada por el valeroso campesino Cédric, y la elfa Anastrianna – fue sorprendida por la belleza de esas tierras, pues, mis señores, Lord Trenchard se enorgullece en adornar los caminos de sus dominios. Más que un viaje con un serio propósito, o mis queridos amigos, pudiera haber sido un viaje hecho en una agradable tarde de Valerú, y disfrutar la bendición del Sol y la suave caricia del viento. Pero esta travesía tenía un propósito, y no había tiempo de admirar el paisaje.

En sus tierras, la dama Cendre había dejado a Yadis’Varion a cargo, como era su costumbre. El hombre – oh, cierto, cierto, el elfo – era como siempre implacable, y sus órdenes eran atajantes. Para acabar de una vez con todas, envió a Ghilles Basse, comandante de las fuerzas Cendre, a extirpar el cáncer que William Callais representaba para las tierras. La tierra temblaba bajo las pisadas de la marcha para enfrentarse a este rebelde, y todo el pueblo salió para ofrecer su más honesto respeto. Bajo las bendiciones del Juez, promulgadas por Gaubert Cendre, el ejército sin duda resultaría victorioso.

Y victoria habrían de encontrar. Una cruel victoria que habría de pertenecer a Callais. Pues, usando las más profanas magias, invocó desde el mismo infierno a aquellos tan odiados enemigos, aquellos atemorizables constructos de la más ruin madera, portando el símbolo que aterró al Reino por meses. La voluntad del ejército se rompió, incapaces de concebir que tal amenaza regresara. El comandante trató de reunir a sus tropas, pero se vió forzado a retroceder junto con ellos, pues aparte de los malévolos constructos, acorazados guerreros acechaban entre los árboles, haciendo pedazos a los despavoridos soldados. Uno, dos, tres, diez y más de diez honorables soldados perdieron su vida ese día, atajados por enemigos protegidos por las sombras.

Callais era una creatura sin honor, y el ejército había pagado un cruel precio. Pero su vileza no habría de acabar ahí, pues en esos mismos instantes, la Mansión Cendre misma se veía asediada, no por hombres portando estandartes del Rey en Exilio, no por pueblerinos llevados a la guerra por las palabras de un carismático ser. No. Esa noche… los muertos caminaron en Tulipe. Hijos veían a sus fallecidos padres, esposas a sus difuntos maridos. Los muertos marchaban, y una ola de perdición les seguía. La gente corría por todos lados, mientas la Mansión trataba de reunir sus fuerzas para repeler el ataque. Y digo trataba, pues dentro de la Mansión otros problemas surgían. El sabio elfo Heian, consejero de la magia de la dama Cendre, en sus intentos por descifrar la extraña placa, de fue poco a poco deslindando de sus sentidos, invadido por una locura y delirios de grandeza. La paciencia dentro de las paredes parecía haber desaparecido, y terrible agresión y hostilidad nadaba en las mentes de aquellos siervos de los Cendre. Sólo la calmada mente de Gaubert logró establecer una semblante de órden, y bajo su mando, los guardias se prepararon para repeler a los muertos. Pero súbitamente, en un parpadeo, estos se derrumbaron en cenizas. Pues la placa había sido arrebatada de las manos de Heian por un enmascarado malhechor, y éste había desaparecido. Los sobrevivientes solo podían imaginar las razones de tan horribles actos, y esperar.

La dama Kyrie Cendre, por su parte, lidaba su propia pelea. Frente al trono de Lord Trenchard, descartó espada y escudo para batirse en combate de palabras contra Lord Abel Aymond. En esos momentos parecía todo ser viviente estar atrapado por la melodía de voces, tejiendo una íntrica red con la cual atrapar el corazón de Lucien Trenchard. La dama Cendre abogaba por el Rey Jean-Luc, su valentía y su heroismo. Lord Aymond demeritaba al Rey, acusándolo de Tirano, de títere, y apuntando a Lord Leroy como el verdadero poder detrás del Trono. La dama Cendre, sin siquiera tomar un respiro, no se dignó en contestar tan viles acusaciones, y recordó a los presentes sobre los titánicos esfuerzos de su Rey por proteger a sus súbditos, incansable como un guerrero de antaño. Lord Aymond, a su vez, se refería a la Orden de Alfaden, jurada al servicio de Baldwin. Pero no importaba sus palabras, pues la dama Cendre tenía a la audiencia en sus manos. Hipnotizados por su voz, los aplausos y las exclamaciones se dejaron escuchar. Lord Lucien Trenchard llamó a silencio, y estaba preparado para promulgar su decisión, pero fue interrumpido por Lord Prudent Trenchard, el viejo amo de la Casa. Suplicando unos minutos para dialogar con ambos debatientes, los llevó a una cabalgata.

Lo que transcurrió en esa cabalgata me es un misterio, pero Lord Aymond regresó furioso, y la dama Cendre y Lord Trenchard regresaron con evidencia de una batalla; los osgos habían atacado una aldea, y la valentía de la dama Cendre trajo justicia a esas bestias. De regreso en la mansión, Kyrie y Abel escucharon a Lucien Trenchard….

La Casa Trenchard habría de apoyar al único Rey de Tulipe, Jean-Luc Laurent.

Su encomienda realizada, la Dama Kyrie Cendre partió de vuelta a sus tierras, a afrontar los extraños sucesos de frente…

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richterbrahe

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