La Guerra de Tulipanes

Palabras de Plata
Trenchard se une a la guerra

El bardo toma un vaso con agua, y bebe efusivamente de él. Con un vocal suspiro de satisfacción, pone el vaso de nuevo en la pequeña mesa.

Venga, venga, beban, amigos! Nuestra historia comienza a tomar vuelo. Teníamos, entonces, a Kyrie Cendre viajando a las tierras de Lord Trenchard, tierras benditas por riquezas y abundancia. Sin duda, nuestra querida dama – acompañada por el valeroso campesino Cédric, y la elfa Anastrianna – fue sorprendida por la belleza de esas tierras, pues, mis señores, Lord Trenchard se enorgullece en adornar los caminos de sus dominios. Más que un viaje con un serio propósito, o mis queridos amigos, pudiera haber sido un viaje hecho en una agradable tarde de Valerú, y disfrutar la bendición del Sol y la suave caricia del viento. Pero esta travesía tenía un propósito, y no había tiempo de admirar el paisaje.

En sus tierras, la dama Cendre había dejado a Yadis’Varion a cargo, como era su costumbre. El hombre – oh, cierto, cierto, el elfo – era como siempre implacable, y sus órdenes eran atajantes. Para acabar de una vez con todas, envió a Ghilles Basse, comandante de las fuerzas Cendre, a extirpar el cáncer que William Callais representaba para las tierras. La tierra temblaba bajo las pisadas de la marcha para enfrentarse a este rebelde, y todo el pueblo salió para ofrecer su más honesto respeto. Bajo las bendiciones del Juez, promulgadas por Gaubert Cendre, el ejército sin duda resultaría victorioso.

Y victoria habrían de encontrar. Una cruel victoria que habría de pertenecer a Callais. Pues, usando las más profanas magias, invocó desde el mismo infierno a aquellos tan odiados enemigos, aquellos atemorizables constructos de la más ruin madera, portando el símbolo que aterró al Reino por meses. La voluntad del ejército se rompió, incapaces de concebir que tal amenaza regresara. El comandante trató de reunir a sus tropas, pero se vió forzado a retroceder junto con ellos, pues aparte de los malévolos constructos, acorazados guerreros acechaban entre los árboles, haciendo pedazos a los despavoridos soldados. Uno, dos, tres, diez y más de diez honorables soldados perdieron su vida ese día, atajados por enemigos protegidos por las sombras.

Callais era una creatura sin honor, y el ejército había pagado un cruel precio. Pero su vileza no habría de acabar ahí, pues en esos mismos instantes, la Mansión Cendre misma se veía asediada, no por hombres portando estandartes del Rey en Exilio, no por pueblerinos llevados a la guerra por las palabras de un carismático ser. No. Esa noche… los muertos caminaron en Tulipe. Hijos veían a sus fallecidos padres, esposas a sus difuntos maridos. Los muertos marchaban, y una ola de perdición les seguía. La gente corría por todos lados, mientas la Mansión trataba de reunir sus fuerzas para repeler el ataque. Y digo trataba, pues dentro de la Mansión otros problemas surgían. El sabio elfo Heian, consejero de la magia de la dama Cendre, en sus intentos por descifrar la extraña placa, de fue poco a poco deslindando de sus sentidos, invadido por una locura y delirios de grandeza. La paciencia dentro de las paredes parecía haber desaparecido, y terrible agresión y hostilidad nadaba en las mentes de aquellos siervos de los Cendre. Sólo la calmada mente de Gaubert logró establecer una semblante de órden, y bajo su mando, los guardias se prepararon para repeler a los muertos. Pero súbitamente, en un parpadeo, estos se derrumbaron en cenizas. Pues la placa había sido arrebatada de las manos de Heian por un enmascarado malhechor, y éste había desaparecido. Los sobrevivientes solo podían imaginar las razones de tan horribles actos, y esperar.

La dama Kyrie Cendre, por su parte, lidaba su propia pelea. Frente al trono de Lord Trenchard, descartó espada y escudo para batirse en combate de palabras contra Lord Abel Aymond. En esos momentos parecía todo ser viviente estar atrapado por la melodía de voces, tejiendo una íntrica red con la cual atrapar el corazón de Lucien Trenchard. La dama Cendre abogaba por el Rey Jean-Luc, su valentía y su heroismo. Lord Aymond demeritaba al Rey, acusándolo de Tirano, de títere, y apuntando a Lord Leroy como el verdadero poder detrás del Trono. La dama Cendre, sin siquiera tomar un respiro, no se dignó en contestar tan viles acusaciones, y recordó a los presentes sobre los titánicos esfuerzos de su Rey por proteger a sus súbditos, incansable como un guerrero de antaño. Lord Aymond, a su vez, se refería a la Orden de Alfaden, jurada al servicio de Baldwin. Pero no importaba sus palabras, pues la dama Cendre tenía a la audiencia en sus manos. Hipnotizados por su voz, los aplausos y las exclamaciones se dejaron escuchar. Lord Lucien Trenchard llamó a silencio, y estaba preparado para promulgar su decisión, pero fue interrumpido por Lord Prudent Trenchard, el viejo amo de la Casa. Suplicando unos minutos para dialogar con ambos debatientes, los llevó a una cabalgata.

Lo que transcurrió en esa cabalgata me es un misterio, pero Lord Aymond regresó furioso, y la dama Cendre y Lord Trenchard regresaron con evidencia de una batalla; los osgos habían atacado una aldea, y la valentía de la dama Cendre trajo justicia a esas bestias. De regreso en la mansión, Kyrie y Abel escucharon a Lucien Trenchard….

La Casa Trenchard habría de apoyar al único Rey de Tulipe, Jean-Luc Laurent.

Su encomienda realizada, la Dama Kyrie Cendre partió de vuelta a sus tierras, a afrontar los extraños sucesos de frente…

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Tambores de Guerra

Pero, calma, amigos. Estamos sólo en el comienzo. No vale la pena comenzar a pelearnos tan pronto en este relato!

Sí, Lord Reuel Osier llegó al poder de una forma que no todos considerarían honorable, pero, ¿cuántos nobles han llegado a su posición de tal forma? No, amigos, hay cuentos más intrigantes qué contar.

Con las lealtades de su Casa Mayor bien asentadas, la Dama Kyrie Cendre comenzó a enfocarse más en las molestas revueltas en sus propias tierras. Un sagaz buscapleitos, William Callais, había logrado socabar las lealtades del pueblo, e incitado a varios a levantarse en contra de su señora. El Comandante Ghiles Bässe fue enviado, por órdenes de Altërian Yadis’Varion, a aplastar la manifestación que había nacido en el pueblo. El valiente guerrero siguió las órdenes al pie de la letra, despedazando la voluntad conflictiva de aquellas aguerridas personas, y tomando varios prisioneros.

La dama Violance Cendre se aseguró que los prisioneros fueran tratados bien, pues estaba horrorizada por las acciones cometidas en contra del pueblo. Buscando una solución satisfactoria para tanto la Casa como para la gente común, dedicó su tiempo a hablar con los prisioneros, escucharles, y entender sus quejas. Con su brillante mente, reunió a los capitanes de compañías, para tentar la posibilidad de construir algo que ayudase al abatido pueblo.

Pero William Callais tenía otros planes. Cada vez sus discursos eran más audaces. Más incitaba a la revuelta. La sangre del pueblo ardía con la furia del cambio. Incluso el mismo granero Cendre fue prendido en llamas por elementos rebeldes, pero el daño fue mínimo, gracias a la rápida actuación de la Casa Cendre.

Callais seguía moviéndose, y cada vez, sus acciones eran más complicadas. Hombres cavando en medio de la nada, enterrando una placa metálica con un símbolo extraño. Un símbolo que, aunque los sabios Elfos de la Casa Cendre lograron descifrar, mantenía su verdadero propósito en secreto. Pero no dejaba duda, amigos, que Callais era más de lo que aparentaba, un gran peligro para la Casa Cendre.

Pero el mayor peligro se acercaba por otro camino.

El Rey en Exilio, Baldwin Laurent, finalmente lanzó la moneda al aire. Marchó a sus ejércitos, cien cientos de hombres, algunos de la Casa Kabeos, la mayoría de la Casa Laroche. Sus banderas se extendían por millas, y la marcha sacudía la tierra. El oeste era su destino, su propósito, desconocido. Pero no marchaban sólos, pues el Pico del Guerrero marchaba para reunirse a esa espectacular columna. Lord Desmarais y Arceneau, jurados al Rey en Exilio, mandaron en conjunto ocho miles de tropas, orgullosos hombres del Equinoccio Autumnal.

La única Casa que se oponía al Rey en Exilio en las planicies, era la Casa Osier, súmamente en desventaja. Y sus problemas crecían, pues Aurélien Osier había escapado del Nido, y llamado a su lado las Casas Menores leales, para derrocar a su hermano, una tétrica similitud de la situación del Reino. Osier no podría contar con más de siete miles de soldados leales, en contra de la terrible fuerza del Rey en Exilio.

Con sus tierras separadas por posible rebelión, y con el resto de las Casas Reales ocupadas con la amenaza de la Casa Peltier, ligada por sangre a los rebeldes que apoyaban a Baldwin, Osier estaba solo.

Y Kyrie Cendre reconoció el enorme peligro. Tomando la situación en sus manos, cabalgó hacia las tierras de los Trenchard, que hasta ahora no habían declarado a favor de ningún Rey. Sus tropas podrían marcar la diferencia entre batalla y masacre. Dejando a sus consejeros a lidiar y asegurar la lealtad del resto de las Casas Menores de Osier, Kyrie se encomendó la tarea de dialogar con Lord Trenchard, mostrándole su deber de apoyar al Rey Jean-Luc.

Pero Kyrie tendría competencia, pues Lord Abel Aymond, simpatizante de Baldwin, se encontraba en las tierras Trenchard con el similar propósito de ganarse al Lord. Una batalla de palabras se avecinaba, el preludio al terrible combate que asechaba en el horizonte.

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La ascensión de Reuel Osier

La presencia de la feroz Fauce creó ansias y emoción entre los espectadores. ¡Tan gran campeón de las artes de combate, aquí! El pueblo seguramente enloquecería al ver las impresionantes habilidades de tal heróica figura. Sin duda ese era el plan de Lord Osier.

¿O lo era?

Mis queridos amigos, la sorpresa es que ¡no! Lord Osier no tenía pensado que Théodore Leroy hubiese llegado. Fue tanta sorpresa para él como para el pueblo. Pero entonces, ¿quién había invitado a la Fauce?

No, no, no hay necesidad de discutir. Pues, mis señores, yo mismo he descubierto la verdad sobre este tan insidioso misterio.

Todo tiene que ver con los hijos Osier. Armand, Aurélien, y Reuel. Armand, el primogénito, el guerrero, el fuerte, el arrogante, el déspota, y el heredero. Aurélien, el bastardo, el hijo de una mujer común, el despreciado, el zorro, el astuto, y el segundo. Y finalmente, Reuel, el joven, el niño, el noble, el audaz, el despreciado. Los tres hijos detrás del trono de su padre, cuando sólo uno podría realmente tenerlo.

Y que uno deparaba el destino, ¿no?

Sin saberlo, fue el descubrimiento de la señorita Cendre lo que trajo todo a la luz. Durante las justas, Aurélien llamó a varios nobles, entre ellos a la dama Cendre, y les reveló el plan de Lord Osier: ¡rebelarse! No sólo contra la Corona, no, sino que también contra las fundaciones del Reino mismo. Lord Osier tramaba una revuelta en contra de la dinastía Laurent, clamando que las planicies de Tulipe eran suficientemente fuertes como para poder derrotar a las acumuladas fuerzas de los Tres Picos. Pero Aurélien era leal, o eso decía. Tomaría posesión de Théodore Leroy, provocando que su padre trajera en furia al ejército real, para apresar a Lord Osier por traición, el cual sería entregado por el leal Aurélien. La Corona sin duda lo recompensaría.

“Síganme a mí, al despojar a mi padre de sus títulos. Yo, como Lord Osier, nos llevaré a la gloria.”, dijo él.

El joven Oro Bonneau sacudió la cabeza. “Armand es el heredero, no tú, Aurélien.”

Osier sonrió. “No hay necesidad de tomar a mi hermano en cuenta. Yo me encargaré de él. Pero ese no es el punto. ¡No podemos dejar que mi padre cometa tal traición, mis señores!”, exclamó, viendo a los reunidos con gran espíritu.

“¡Tonterías!”, replicó Lord Nigel Belcourt, poniéndose de pie de un salto. “¡Nuestra lealtad es a tu padre, y le seguiremos sin pensarlo!”

Lord Maximin Piché desenvainó su espada, la famosa arma de su familia, Taldear. La alzó erecta sobre su cabeza, gritando. “¡Viva el Rey en Exilio! ¡Viva Baldwin! ¡Abajo con el Tirano de Pétalos, abajo con el Títere!”

A su voz se sumó Lord Wilson Lacoursiere, tomando su gran hacha en sus manos, y elevándola sobre su cabeza. “¡Viva el Rey en Exilio!”

Furioso, Lord Domengo Sant saltó sobre la mesa, y despojándose de uno de sus guantes, lo arrojó a Piché. “¡Traidor! No dejaré que insultes al verdadero Rey, Jean-Luc hijo de Gerard. Toma tu espada, y clávala en tu vientre, si no quieres ser humillado por un verdadero sirviente de Tulipe.”

Piché no dudó un segundo, y acompañó a Sant en la mesa. Espada en mano, comenzó a atacar a su rival. Un golpe, dos golpes, rebotados por el acero de Sant. Una ráfaga de cortes aparecieron, ferozmente bloqueados por la virtud de Piché.

“¡Basta!” resonó una voz, y ninguno de los presentes fue capaz de no prestar atención. Las miradas se dirigieron a la fuente de la voz, nada más y nada menos que la dama Kyrie Cendre. Los señores la veían sorprendidos, y algunos indignados. ¿Como se atrevía ella, una mujer, a interrumpir los negocios de los hombres? Pero la imperiosa voz de la dama continuó.

“Todos servimos a Tulipe, no los intereses personales. Le debemos lealtad al Rey Jean-Luc, hijo de Gerard. ¡No deberíamos perder tiempo en infantiles combates!”

“Cendre,”, comenzó Piché, “no deberías -”

“No he terminado de hablar, Piché. Cierra la boca, guarda tu espada, y toma tu asiento. La hora de los niños ha terminado. Ahora hablarán los adultos.”

Anonadado, Piché obedeció. La dama vió a Sant, ancestral aliado de los Cendre, y con una mirada, dictó volumenes. Lord Sant hizo callar su arma, y tomó asiento. La dama Cendre se puso de pie, y tomó unos segundos para ver a los nobles reunidos.

“Me decepcionan, mis señores. Incluso yo, a mi corta edad, puedo ver los hechos tan claros como son. Lord Osier quiere ir en contra de los Laurent. ¡Traición, sin duda! Pero misma traición es seguir a Baldwin. Traición no sólo al Reino, ¡pero a los mismos Dioses! ¿Qué no escucharon al Hierofante Artoise? El Juez mismo ha declarado que Su Majestad Jean-Luc es elegido para dirigir a Tulipe. ¿Quienes somos nosotros, meros mortales, de ir en contra de la voluntad del Amo de los Solsticios? No, mis señores, dejen de lado sus ambiciones y los cuentos de heroismo. Debemos ver por el Reino. Y el Reino aclama a Jean-Luc.”

Los señores guardaron silencio, apenados y humillados por las palabras de una tan bella y joven mujer, enseñándoles lo que ellos mismos deberían saber. La reunión de conspiradores terminó ahí mismo, ninguno capaz de acumular palabra después de la dama Cendre. Los líderes de las Casas se retiraron, cada uno meditando sobre lo sucedido.

Por otra parte, el joven Reuel Osier buscó durante la noche a la hija de Naïlo, Anastrianna, espía al servicio de la Casa Cendre. Se escabulló bajo el manto de la oscuridad, y con sigilo, se acercó a la tienda de la elfa.

“Bella dama, hija de los bosques” murmuró él, su voz trastornada por la preocupación. “Dime, ¿estás ahí?”

Anastrianna titubeó, pero respondió sin salir de la tienda. “Aquí estoy, Reuel Osier.”

El joven vió la silueta de aquella elfa, y su corazón se aceleró. “Mi querida Anastrianna, me pesa no poder verte, más es peligroso a tu virtud que entre. Pero debo decirte algo. ¡No acompañes mañana a tu señora a la audiencia con mi padre!”

Ella se quedó en silencio, pero logró murmurar. “Reuel, ¿por qué razón dices esto?”

“No puedo revelarlo, más te aseguro que ella estará a salvo, si sus lealtades se encuentran donde deben estar. ¡Hasta luego!”, dijo, y tan rápido como vino, se fue, dejando a una muy perpleja elfa.

El día amaneció nublado, como si el cielo mismo estuviese conteniendo la respiración. La última justa del torneo, Armand Osier contra la Fauce, se llevaría a cabo. Los señores veían el combate con emoción mezclada con anticipación. Al terminar el torneo, Lord Osier habría de hablar con ellos. ¿Qué sucedería?

Cinco veces cinco ambos contendientes cabalgaron en contra, y cinco veces cinco se mantuvieron en sus monturas. Se decidió que el victor no sería encontrado por lanzas, sino por la habilidad cuerpo a cuerpo. Ambos desmontaron, y se acercaron.

Con la gracia de la garza, Armand Osier bailaba los ataques de la Fauce. Pero con la ferocidad del león Théodore Leroy proseguía la cruel canción de su arma. Una y otra vez azotaba en contra del escudo de Armand, quién resistía y se posicionaba para asestar una terrible estocada. Pero Leroy no era un novato, y jamás se ponía en posición para estar en riesgo. Los minutos transcurrían, y el sudor corría por la frente de ambos guerreros. Fellvast sin duda estaría orgulloso de tal combate. Oh, la tragedía habría de manchar este combate.

De un momento a otro, una furia sin control invadió a la Fauce, furia provocada por vil hechizería. ¡Es cierto, amigos! Yo mismo lo ví con mis propios ojos. A la sombra del palco de los Osier, una figura irreconocible vertía innombrables ingredientes a un caldero, y juro que un mechón de pelo de Théodore Leroy se unía a la horrible mezcla. En un santiamén, la fuerza de quince toros se sumó a la de la Fauce, la agilidad de doscientos felinos hicieron sufusión a sus músculos, y la fortaleza de novecientos osos revistieron su cuerpo. Sólo un golpe fue necesario para destruir el escudo de Armand Osier, y dejarlo aturdido. El demonio que poseía a la Fauce lo tomó del cuello, y brutalmente clavó la enorme hacha de guerra al costado del primogénito de los Osier. Una y otra vez, como un cruel leñador, atajó en contra de Armand. Enterrada el hacha, la Fauce pateó el cuerpo de su enemigo, desgarrando por completo lo que quedaba de su torso.

Los gritos de la Dama Osier inundaron el área, y la furia de Lord Osier resonó por todos lados. Théodore Leroy, evidentemente liberado por la inmunda presencia, fue arrestado. Lord Osier llamó a sus vasallos, y todos reunidos, exclamó.

“¡Crímen! ¡Inmundo crímen! Leroy ha ido muy lejos. ¡Venganza por mi hijo! ¡Muerte a los Leroy! ¡Muerte a los Laurent!”

De nueva cuenta, Piché y Lacoursiere se levantaron, y esta vez desafiaron a su señor. “¡Viva el Rey en Exilio!”

Lord Roland Miulle y Lord Mikayil Remillard a su vez se pusieron de pie, “¡Traidores! ¡Larga vida a Jean-Luc!”

Pero Lord Osier exclamó, “¡Asesinos ambos! ¡Muerte a los Laurent! ¡Es la era de una nueva dinastía!”

La fuerza de su furia era tal que sin duda los señores vacilaron en su lealtad hacia la Corona, tal vez dejándose llevar por la causa de justicia. Pero esto no sería así. A los minutos, irrumpió Reuel Osier, seguido por treinta hombres portando el símbolo del Caballo y la Corona.

“¡No, Padre!”, exclamó el muchacho, “¡no dejaré que manches el honor de nuestra Casa con traición!”

“¡Niño insolente! ¿¡Qué signigica ésto!? ¡¿Acaso traicionas a tu propia sangre?!”, gritó Lord Osier, sudando profusamente.

“Dejaste de ser mi padre en el momento en que te atreviste a ir en contra del Rey y del Juez. Por el nombre de Su Majestad Jean-Luc Laurent I, la autoridad de Lord Lenard Leroy, y la bendición de Su Eminencia Alphonse Artoise, declaro a Franklin Osier, y su hijo, Aurélien Osier, como conspiradores en contra de la Real Corona de Tulipe. Y a mí, Reuel Osier, como el legítimo jefe de la Casa Osier.”

“¿Qué?”, exclamó Aurélien, mientras era tomado por los guardias reales. “¿Cómo te atreves, hermano?”

“Calla, traidor. Sé lo que planeabas. ¡Llévenlo al Nido!”, exclamó Reuel.

Pero Miulle exclamó. “¡Mi señor Osier!”, dijo, apuntando a Piché y a Lacoursiere. “¡Estos hombres apoyan al traidor Baldwin!”

“¡Y este apoyaría a su padre en contra de la Corona!”, agregó Lord Julian Faye.

“¡Arréstenlos también!”, dijo Reuel, ahora Lord Osier. Éste volteó a ver al resto de los nobles. “Señores y dama, aquí mismo, ¡juren su apoyo al Rey Jean-Luc!”

Y al unísono, todos se hincaron, y proclamaron en una sola voz.

“¡Lealtad al Rey Jean-Luc Laurent!”

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Una invitación inesperada
Lord Osier llama a sus vasallos

Una bebida, una bebida para mi garganta!

Muchos dirán distintos tiempos como el verdadero inicio del espiral de la Casa Cendre. Que una batalla, que un evento, que incluso un evento de los astros. Todos ellos están en lo correcto, de cierta forma. Pero ignoran el modesto comienzo, la aparente inocua llamada de Lord Osier, durante ese peculiar día de Frugal.

La hermosa dama Kyrie Cendre llevaba a cabo su corte, atendiendo varias peticiones de los hombres del pueblo, rogándole por siembra y recursos. Acompañada de su majestuosa bestia, Kumiho, lucía cada centímetro de la gloria de los Cendre. La dama, en su magnificencia, accedía a ayudarles, sacrificando incluso sus propios recursos para apoyar a su querido pueblo. Sólo se negó a ayudar a Raul Conard, mercader sin escrúpulos dispuesto a aplastar cualquier competencia a cambio del brillo del oro.

“Pero, mi señora”, habría dicho el mercader, “¿quién más que yo es leal a usted? Si tan sólo me otorga lo que pido, permisos para traer mercancia del exótico continente de Occidente, será renombrada por las tierras del Reino como una regente moderna!”

La dama reía, como perlas deslizándose por la arena. “¡Monedas de Tulipe jamás deberían ir a manos de extranjeros!”, decretó ella. “Nuestro pueblo suficiente orgullo tiene en sus productos, que innecesario es traer aquello ajeno al Reino. No, Maese Conard, busque una nueva estrategia, pues le aseguro: el camino fuera de Tulipe es un camino repleto de espinas.”

El insufrible mercader no tuvo más opción que obedecer, y se retiró de la Sala de Audiencias. El honorable castellán Egmond Gelin felicitó a la dama por su decisión, y dio seguimiento al resto de los asuntos pendientes del Reino.

Al poco tiempo, Sir Bosric Payne, Sargento de la Tercera Compañía del Águila Ascendente, se presentó ante su señora, hincándose y suplicando ser otorgado el glorioso honor de purgar un cercano bosque de los terribles bandidos que asechaban granjas y viajeros. El heroico Comandante Ghiles Basse ofreció su opinión, diciendo,

“Mi señora, es un gran riesgo que debe ser atendido tan rápido como sea posible. No debemos dejar que estos bandidos crean estar arriba de su Ley.”

La dama frunció el ceño, sin duda su mente trazando múltiples estrategias y planes. Pero la tranquila voz de Altërian Yadis’varion, Maestro de Espías, susurró en sus oídos.

“Mi querida nieta, no puede haber más que dos centenas de estos atrevidos ladronzuelos. Una oportunidad perfecta para que tus soldados, leales cada uno, demuestren su honor y su valentía ante tí. Sin duda estarán ansiosos por librar combate contra aquellos que se atreven a robar en tus tierras. ¡Dales la oportunidad!”

La señorita Cendre volteó a ver a su abuelo, viendo en el reflejo de sus ojos aquellas similitudes entre ellos, la sangre que compartían. Pues, amigos, sepan que por las venas de Kyrie Cendre fluye la gracia de los Elfos. Ella asintió, y dirigió su mirada a Sir Bosric.

“Alzaos, Sir Bosric, y escuche mis deseos. Habrá de dirigir a tres cientos de mis mejores hombres a aquella región, y aplastar a los bandidos. Tiene mi bendición.” dijo ella, en una voz que resonó por la Sala. Sir Bosric, a su vez, asintió envigorizado, y de una rápida vuelta, salió de la Sala.

El destino había trazado sus designios, puesto que Cédric Romain era parte de los hombres escogidos para tal combate. Al cabo de unas horas, las tres compañías descendieron sobre los sorprendidos bandidos. Utilizando la covertura de los árboles, dos de ellas se acercaron hacia la pequeña colina que revelaba ser el campamento de los bandidos. Mientras tanto, Sir Bosric mismo lideraba la compañía que habría de revelarse, valientes señuelos. Los bandidos, predecibles, hicieron llover flechas sobre los guerreros. Pero tal acción fue su perdición, pues habían revelado su posición. Una lluvia de muerte resonó en los cielos, y trajo ruina a los bandidos. Desorganizados, no pudieron resistir la furia de la infantería Cendre. Tras un feroz combate, donde la sangre y los gritos dominaron, los soldados de la Casa Cendre se vieron triunfantes, y disfrutaron de las recompensas de su batalla.

En ese preciso momento, bajo el manto de la oscuridad, una columna de jinetes se acercó a la Mansión Cendre. Portando la bandera de la Garza y el Reloj, era nada más y nada menos que Reuel Osier, tercer hijo del gran Lord Osier. A sus espaldas cabalgaban varios señores nobles de aquellas Casas subservientes a los Osier. La dama Cendre le atendió, doblando la rodilla en respeto.

Reuel Osier bajó de su corcel, y se hincó junto con ella.

“Mi dama Kyrie, lamento haber llegado sin anunciar a sus tierras,” dijo él, tomando la mano de la señorita Cendre, y levantándose junto a ella.

“No hay nada que lamentar, mi señor Osier. Yo y mi pueblo estamos a sus órdenes. ¿Gusta pasar a descanzar y cenar? Mis cocineros son experimentados, y sin duda deleitarán su paladar. Seguramente tenemos suficiente para acoger a todos sus acompañantes.”

Reuel reveló su sonrisa, y sacudió su cabeza. “Tan grácil, mi dama. Otra ocasión será que probaré la habilidad de sus cocineros. Pero, hoy, vengo con una petición menos agradable, y más urgente.”

Kyrie levantó una ceja, ligeramente traicionando su sorpresa. “¿Urgente, mi señor?”

Reuel asintió, y con un ademán de su mano hacia el resto de los jinetes, agregó. “Mi padre, Lord Osier, llama a todos los nobles de la región a nuestro hogar. Hay palabras importantes que tienen que decirse, y requiere que todos lleguen lo más rápido posible. He venido a escoltartla al Nido.”

La mujer sonrió, e hizo una reverencia. “Por supuesto.”, dijo ella “¿Partiremos mañana en la madrugada, entonces?”

El joven Osier la miró por un segundo, y sacudió la cabeza ligeramente, sus mejillas algo ruborizadas. “Lo lamento, mi dama. Mi padre ha dicho lo más rápido posible. Le pido, por favor, que se prepare ahora mismo. Partiremos en media hora.”

Debo dar un trago más, pues este cuento seca mi garganta. Tal como escucharon, Reuel Osier fue enviado por su padre a recolectar a todos los nobles, incluso en medio de la noche. Su viaje fue normal, sin ningún contra tiempo. Los nobles se mostraban cortéses, más intrigados por tal inusual petición. Para la madrugada, llegaron por fín a aquella colina que sobrevé el Nido y su pueblo aledaño. A orillas del hermoso Lago de Plumas, el modesto pueblo estaba rodeado por varias edificaciones recientes, y tiendas coloridas.

“Un torneo”, explicó Reuel Osier. “Mi padre ha organizado un torneo en su honor, mis señores y damas.”

¡Muy inusual! Sin aviso ni mensaje, una reunión y un torneo. Los nobles estaban confundidos, más no revelaron sus inquietudes. Fueron llevados a sus respectivas tiendas a descansar, con palabras de que verían a Lord Osier en la tarde, después de dormir. Pero, los elfos no duermen, se dice, y Anastrianna Naïlo, más reciente hija de la línea Naïlo, hizo completo uso del hecho. Exploró los alrededores, familiarizandose con el lugar y sus caminos. Sólo cuando se sintió conforme, regresó a la tienda preparada para los Cendre.

Después de varias horas, y de haber descansado, los Cendre fueron llevados, junto los líderes de las Casas Bonneau, Remillard, Miulle, Piché, Faye, Sant, Lacoursiere y Belcourt, a la presencia de Lord Osier. En su gran voz, dicha capaz de poder ser escuchada por millas, aseveró,

“Temibles tiempos se acercan, mis fieles vasallos. Los cuervos sobrevuelan los campos, deseando las batallas que se avecinan. ¿Quién diría que en nuestra vida sucedería tal colosal evento? Más esto involucra a todo el Reino, y no sólo a algunos. Pero no preocuparé sus mentes de antemano. ¡Hay un torneo que disfrutar! Sólo al acabar éste, nos sentaremos y hablaremos de los sucesos que acongojan a nuestras tierras.”

Y dicho esto, los dejó a su propio criterio. Los Cendre hablaron con algunos de los otros nobles, todos mostrándose perplejos por las palabras de Lord Osier. Violance Cendre, prima de la Dama Cendre, habló con las esposas de los señores nobles, escuchando y hablando sobre lo que ellas mismas habían sospechado. Gaubert Cendre, esposo de Violance y sacerdote del Amo de los Solsticios, por su cuenta dialogó con Christopher Guinald, sacerdote de la Doncella. Kyrie recibió las atenciones de Julian Faye, líder de su Casa. Éste fue cortesmente rechazado, tras perder en duelo contra Orson Prost, maestro de armas de la Casa Cendre.

Pero otro sería quién vería un evento extraño. Habiendo seguido la columna de jinetes desde la Mansión Cendre, el misterioso Enzo Barrenga quien descansaba cerca de la colina. Despertó por un curioso sonido, y decidió resolver sus dudas. Furtivamente acercándose, logró notar que otro pequeño grupo de jinetes entraba al pueblo, caballeros portando frías armaduras de acero, y usando el símbolo del Corcel y la Corona, heráldica de la Casa Laurent. Intrigado, se dirigió a averiguar su destino. Aquellos misteriosos hombres entraron a una gran casa, y Enzo los siguió. Dentro, notó que a pesar de su refinado exterior, la casa estaba vacía y descuidada. Pero encontró que cerca de 25 hombres de armas estaban preparados para algo, y los murmuros apuntaban a una orden de Lord Osier.

Motivado por razones que solo él conocía, Enzo fue en busca de Altërian Yadis’Varion, sabiendo que el Elfo estaría interesado en conocer esto. Reveló su información, y prometió continuar observando la casa. Altërian, mientras tanto, informó sobre esto a la dama Cendre, y estaban atentos a cualquier cosa, sin realmente tomar acción.

Mientras tanto, Anastrianna habría de hablar con Reuel Osier, conociendo un poco más del hombre, y de sus hermanos, Armand y Aurélien. El Osier menor parecía estar molesto con el prospecto de que algún día, el rascista e intolerante Armand lideraría la Casa, sentimiento que tal vez hizo eco en la misma Anastrianna. Le acompañó por el resto de la tarde, hasta que la Luna salía a corte. Preocupada, tal vez, Anastrianna buscaba una vereda para un escape, en caso de ser necesario. En el trayecto, espió a Armand Osier cortejando a una plebeya.

“Oh, Lord Osier!”, decía la mujer, ruborizada y en los brazos del hombre.

“Nada de eso, no aún,” contestó Armand, sonriendo, “Todavía no. Pero, no dudes. Seré Lord Osier en cuanto mi padre muera…”

“Mi señor, yo lo sé, y esperaré ansiosa ese día!”, casi gritó la mujer.

Una carcajada salió de la garganta de Armand. “No tendrás que esperar mucho; mi padre seguramente no tiene uno o dos días más de vida…”

Anastrianna se apresuró a Kyrie, y le reveló lo que escuchó. Después, junto con Reuel Osier, fueron a hablar con Lord Osier, y revelar la traición de su hijo. Pero, el jefe de la Casa Osier descartó sus preocupaciones, pues Armand no era lo suficientemente inteligente como para tramar un plan sin que su padre se diera cuenta. La dama Cendre fue agradecida por su ayuda, y Armand castigado por atreverse a inmiscuirse con una pueblerina. La pueblerina, en cambio, fue ejecutada, pues palabra de ella no debería salir sobre los eventos.

La noche pasó sin más… y finalmente, el día comenzó. El torneo habría de llevarse a cabo, con la adición de un nuevo visitante.

La feroz Fauce de la Casa Leroy, y Gran Maestro en Armas de la Orden del León, Théodore Leroy.

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Un preludio

Para entender la guerra, hay que entender el pasado.

El gran Rey Gerard el Quinto, magnánimo regidor del Reino durante la crisis de los Adoradores del Prisionero, había caído ante el vil veneno del más cobarde asesino. A pesar de la tristeza que agobiaba el Reino, no podían continuar sin un líder fuerte. Y así, la Corona del Tulipán fue puesta sobre la cabeza de Jean-Luc el Primero.

Todo parecía ser un sueño, pues el nuevo Rey era fuerte, jóven, amigable y jovial. Adorado por el pueblo, parecía que una nueva era de esplendor habría de bañar a Tulipe. Pero los Dioses otros planes tenían. Viendo traición en los ojos del legendario Lothaire de Lusignac, Gran Maestro en Armas de la gloriosa Orden de Alfadén, el Rey no tuvo más opción que mandarle ejecutar.

Lo sé, amigos, lo sé. Tal acto es en sí mismo una buena historia, merecedora de ser contada, pero no hay tiempo suficiente. Será en otra ocasión. Por ahora, lo importante es entender que después de la muerte de su Gran Maestro en Armas, la Orden se rehusó a jurar lealtad personalmente a Jean-Luc, a pesar de ser el portador de la Espada Dorada. El Rey no tuvo más opción que exiliar a la Orden, pues una fuerza como ellos sin ataduras de lealtad era peligrosa. Pero la Corona necesita una Orden, y así fue que se fundó la temible Orden del León, comandada por el terrible Théodore Leroy. El Rey se sentía seguro.

Pero sería sólo el comienzo de los problemas.

Tan sólo un par de meses después, el Príncipe Baldwin, tan solo un niño de diez otoños, y la Princesa Emma, radiante mujer de diecinueve primaveras, fueron encontrados culpables de conspiración en contra de la Corona, y más, de una relación incestuosa. Verdades o mentiras habrán de descubrirlas pronto, amigos, no sean impacientes. El Rey decretó su inmediata ejecución, y a pesar de los gritos de clemencia del pueblo, fue adamante. En la víspera de un gris día de Blundo, ambos fueron marchados al centro de la gran ciudad de Megrand, a la horca. Pero antes de que sus vidas fueran terminadas, Sir Renaud Kabeos interrumpió la tragedia, y a base de espada y escudo, salvó a los herederos de Gerard. Juntos, escaparon del Reino, mientras el Rey, en una cegadora furia, maldijo mil veces a la Casa Kabeos, despojándola de sus tierras y otorgándoselas a la Orden del León.

Sintiéndose rodeado de enemigos, Jean-Luc se basó en el juicio del gran Lenard Leroy, honorable regidor de la magna Casa del León en la Luna, para encontrar traidores en las filas de la nobleza. Su hábil inteligencia y robusta red de espías revelaron que el cáncer de la traición había crecido en los corazones de varios líderes de Casas, y en pocos meses, muchos nobles se encontraron con sus títulos despojados, y su familia deshonrada. Poco a poco, Tulipe dejaba de ser un Reino regido por sus nobles, a una absoluta monarquía.

Fue entonces cuando Baldwin actuó. Impasivo e incapaz de ver tales injusticias en su Reino, se declaró Rey en Exilio de Tulipe, y a su bandera llamó a todas las leales Casas, para derrocar a su hermano del Trono de Pétalos. Marchando desde Sínople con la Orden de Alfaden a sus espaldas, estableció su base de operaciones al este del Reino de Tulipe. Jean-Luc, a su vez, fue proclamado cómo legítimo regidor del Reino por el máximo Hierofante Alphonse de Artoise, prácticamente haciendo una herejia el apoyar a Baldwin. Las Casas Nobles del Reino se veían en la dificil situación de tomar una decisión.

¿A quién apoyarían?

Hermano contra hermano. Sangre contra sangre.

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