El Alfanje del Plebeyo I

— Mamá…Papá…

— …¿estan ahí?

Una tarde cualquiera del mes de Cinder. Los días se hacían cada vez más largos, y el trigo crecía con vigor. Era un buen año. Esperabamos una buena cosecha.

Regresé tarde ese día. Papá me dejó salir con mis amigos a nadar al rio. Llegué por la parte trasera de la granja. No quería que me vieran entrar. Llevaba la nariz sangrando, y un ojo morado. Otra vez Guy nos buscó pleito, y fuí el único en darles frente. De veras detestaba a esos niños. Siempre buscaban alguna excusa. Siempre nos amenazaban por las cosas más tontas. A veces los auyentaba, a veces me golpeaban con fuerza, pero siempre les hacía frente. Seguro me castigarían otra vez por andarme peleando. Mamá no entendía.

Ahora que lo veo hacia atras, creo que yo no lo entendía tampoco.

Entré con sigilo, para escabullirme directo a mi cuarto. Mi estomago hacía más ruido que mis pisadas. Crucé la puerta de la cocina, me deslicé por el pasillo, y casi llego a la puerta del cuarto de los niños. Todo iba perfecto. Tal vez tuviera tiempo de limpiarme la sangre de la cara y esconder la camisa manchada de sangre. El regaño era inevitable, pero podía esperar a mañana.

Los pasos me traicionaron. En la penumbra del atardecer, no vi el jarrón favorito de mamá en el estante. Tropecé con algo en el suelo oscuro, y las flores del jarrón encontraron un estrepitoso destino. No me quedaba mas que resignarme a una semana sin cenar.

Me quedé un momento ahí, en el suelo, esperando ver el rostro iracundo de mamá. Pasaron los momentos… Nada.

Nadie vino.

Me quedé en silencio, sin moverme, sin sentir el golpe de la caida, ni la hinchazón de la nariz. Algo no andaba bien. Tras el jarrón roto, no hubo otro sonido que mi acuoso respirar. Ni siquiera escuchaba ladrar a los perros.

Alargué mi mano, y encontré en el suelo oscuro la muñeca de trapo de Lili, mi hermana menor. Lili no soltaba esa muñeca ni para dormir.

— ¿Mamá?

El ardor de hambre que sentía se convirtió rápidamente en aleteo de mariposas. Mis manos y mis tobillos temblaban. Me levanté, y busqué por toda la casa. No había una sola vela encendida. En el comedor había platos rotos, sillas fuera de lugar, y comida derramada sobre el piso.

— ¡Mamá!, ¡Papá!

Sali de la casa a toda prisa. No sabía donde buscar. ¿Qué había pasado? ¿Se fueron sin mi?

¿Alguien les hizo daño?

Sentí dos enormes manos asirme por la espalda. Más por instinto que por voluntad, logré voltearme y patear a la enorme sombra que intentaba reducirme. Escuché un grave y enojado grito de dolor. Luego escuche un golpe seco y sentí el choque de un mazo sobre mi cuello. Por poco pierdo el conocimiento.

Esa sombra resultó ser dos sombras, pues al darme cuenta, dos tipos grandes y taciturnos me llevaron a rastras al granero, único lugar en la granja donde había una luz encendida. Escuchaba voces dentro.

En el interior, dos hombres más sostenían a papá, mientras un tipo alto, de cabeza rapada y ropajes holgados terminaba un cántico extraño. Al momento de terminar, los otros tipos soltaron a papá, y este calló en el suelo. Sus ojos estaban vidriosos y vacios.

Su cuello mostraba una quemadura extraña con forma de ojo. Es como si lo hubieran marcado con un hierro para ganado.

— Encontramos a otro niño cerca de la casa, hermano Almog. — Dijo el hombre que cojeaba.

— Excelente.— Dijo el reverendo al voltear. — Prepárenlo para el ritual.

No sabía que estaba pasando. Me pusieron dentro de un círculo extraño grabado en el suelo. Quitaron a papá con una patada. Ni siquiera se defendió.

Vi a mis hermanos en el fondo del granero. Todos estaban ahí sentados, con los ojos vacios, viendo la nada. Les grité para que huyeran; no estaban atados. No me escucharon. No hicieron nada. Todos estaban marcados en el cuello con ese ojo.

Forcejeaba lo más que podía. Intente golpearles. Intenté morderlos. Todo fue inutil. Solo tenía 13 años entonces… hoy las cosas serían tan diferentes…

— Cuanta energía, muchacho.— Me dijo el reverendo, con una mezcla de compasión y condescendencia. — Estas a punto de ser bendito por el Prisionero. Pronto no sabrás más de desdichas, ni de sufrimientos. Pronto dejarás de dudar, y serás parte de nuestro gran Señor. Pronto estaremos unidos de nuevo, y juntos seremos libres.

Gruesas lágrimas recorrían mi rostro. No era tristeza, ni miedo. Lloraba de impotencia. ¿Porqué no llegué antes? ¿Porque no podía defenderme de ellos?…

¿Habría sido distinto si hubiera llegado antes?

Mamá estaba sentada en una esquina. Sus ojos grises voltearon a donde yo estaba, pero parecían no ver nada. Su mirada no tenía brillo.

— … te peleaste de nuevo, Cédric… te espera un castigo… muy severo… — No terminó la frase. Su voz se perdió en la apatía.

El Reverendo comenzó los cánticos, y los colores desaparecieron…

El Alfanje del Plebeyo I

La Guerra de Tulipanes data