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Un añejado hombre atiende su pequeño escritorio. A sus espaldas, hileras de estantes decoran la gran cámara. Tras unos cuantos segundos de ser ignorados, tocen ligeramente. El hombre los voltea a ver, y notan como se sonroja debajo de sus pesados anteojos.

“Mis señores, ¡lo lamento! Mis oídos no son los de antes. Díganme, ¿en que puedo servirles?”

El viejo sonríe al escuchar su respuesta.

“Por supuesto, alimentar la mente es tan importante como alimentar el cuerpo, mi padre siempre me dijo. Síganme,” dice, mientras toma una vela de su escritorio. “El camino es largo, pues como verán la biblioteca es muy grande, pero seguro encontrarán lo que buscan…”

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La Guerra de Tulipanes richterbrahe